Dispuesto a reconciliarme con el prójimo antes de meterla en la cama, tal como enseña la Escritura; le propuse a Nuria que se quedara a cenar.
-Es que ya he comido paella al mediodía.
-¿?
-Que no quiero comer arroz de nuevo.
-Por gozar de tu compañía soy muy capaz de cambiar el menú por esta noche- dije con simpatía, y me puse manos a la obra. Como le iba a hacer a Mundo sus fideos con huevo duro, tripliqué la ración de pasta y preparé un tuquito de salchicha parrillera que con sólo sentirle el olor ya alimentaba. Puse la mesa muy bien puesta, los cubiertos paquetones y copas altas para el vino (un Bordeaux del setenta y cuatro que resultó ser una cagada).
-Solo faltan las velas- dijo Nuria, contenta.
-No, no falta nada- corregí, sacando de la galera una que nos fumamos a modo de aperitivo.
Desde que me propuse reconciliarme con ella me había invadido un buen humor extraordinario, no muy habitual en nuestra relación, una sensación muy agradable, como de que nada podría estropear ese momento.
Comimos lentamente, divertidos, charlando. Sobre el final repartí el último culito de vino en las dos copas y con toda discreción, no quería apurarla, le pregunté si había terminado.
-Sí- me dijo.
Levanté los platos con diligencia, como cuadra a un caballero. Había terminado. Su plato lleno de cachitos de salchica parrillera, cebolla, finas láminas de ajo... ¡Era para matarla! Había dejado lo mejor ahí en el plato, pero no le dije nada. En realidad sí que le dije.
-¿Querés café?- le dije.
-Venga, va, me tomo un cafelito.
-Acá abajo hay un bar. Metele antes que cierre. Yo estoy un poco cansado- le dije- y el café... ya sabés.
FANTASMAS
Hace 11 años

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