lunes, 30 de noviembre de 2009

La otra

Aprovechando las bondades del recalentamiento golbal, el viernes a la tarde tomábamos con Nuria una cerveza en uno de los bares de acá abajo, lo más tranquilos, cuando tuve una visión escalofriante.

-Si no estuvieras acá a mi lado- le dije- juraría que venís doblando la esquina, fijate.

Se dio vuelta y se vio ella misma cruzar hacia la rambla y enderezar para nuestro lado. ¡Y fue a encararse! Se levantó y sin perder tiempo fue a encararse derecho viejo.

La incertidumbre no duró más de un minuto, pero la reacción de Nuria me desconcertó bastante.

A mí por suerte nunca me pasó, pero si me viera a mí mismo caminando por la vereda de enfrente jamás se me ocurriría ir a encararme. Ni en pedo. Me haría el boludo. Olímpicamente. Y si -desde la otra óptica- me diera cuenta de que yo mismo vengo caminando hacia mí con ánimo de encararme, saldría corriendo en cualquier dirección, pero jamás me quedaría a ver qué pasa.

Ahí, a diez metros de mi mesa, se estaban saludando. Para mí la situación había dejado de ser lógica desde el momento en que ella decidió no hacerse la boluda. Cuando se levantó de la silla supe que aquello trascendía toda lógica. Y cuando manyé que ella misma pero viniendo de frente la relojeó y en lugar de salir corriendo la saludó con simpatía me dije que aquello era el colmo de la locura.

Ahora se venían acercando a la mesa. Lo razonable era salir corriendo, lo sé. Pero la situación era tan absurda que me quedé ahí mirándolas venir, con mi mejor cara de pelotudo.

Todo iba a aclararse inmediatamente, pero mientras tanto viví un minuto de asombrosa irrealidad. Una irrealidad tan perfectamente ordinaria que el único que parecía darse cuenta era yo. Una irrealidad asombrosa pero exenta de toda magia.

Estuvo bueno.

Por supuesto resultó ser una hermana de Nuria cuya existencia yo ignoraba. Charlaron un rato. Yo hacía como que estaba oyendo la conversación pero en realidad imaginaba una situación bastante más increíble que la que acababa de vivir, una situación en la que aparecían ellas dos, yo y una cama. Naturalmente, estábamos en bolas, pero no quisiera ahondar demasiado en aquello. Lo que sí me gustaría contar es que entonces tuve un pensamiento abrumador: pensé que en la práctica la situación no sería tan interesante como en la teoría. Esta revelación me deprimió bastante, así que le hice un gesto al mozo, que trajo otra ronda.

Después Nuria me contó algunas cosas. Parece que Neus (su doble) hace un par de años que no habla con sus viejos. Se molestaron mucho con ella cuando abandonó al doctor Camino Oreja y arrancó con un pibe medio desaliñádo que hace malabarismo y toca la viola.

Esas cosas del amor.

martes, 24 de noviembre de 2009

El borracho del barrio.

En todos los barrios (en todos los que me tocó vivir, por lo menos) siempre hubo algún personaje característico, medio chiflado, que hace cosas que jamás haría el resto de los vecinos, inofensivo pero un poco perturbador.

En donde vivo ahora le dicen "el borracho del barrio". Y si bien suele ir en pedo, su característica más evidente no es la curda sino que habla a los gritos y muchas veces consigo mismo. O con un amigo invisible. Pero también con los demás.

No es un linyera. Debe tener su casa e incluso quien lo cuide, porque siempre anda limpio, con ropa diferente cada día, no huele mal y cada tanto aparece bien afeitado.

A simple vista no está loco. Dice cosas bastante coherentes.

-"Yo tendría que haber nacido feo, mama; no guapo"- se lamenta alguna tarde. O se les planta un poco violentamente a tres que vienen caminando por la rambla y como quien fuera a atacar les grita: "no puedo con uno ¿voy a poder con tres?".

Todas estas extravagancias, sumadas al hecho de que pasa prácticamente todo el día en la calle, hacen -por supuesto- las delicias de los purretes del barrio, quienes no excentos de cierta crueldad a veces se le cagan de risa en la cara.

Pero de todas maneras, el borracho del barrio es el ídolo de los pibes. Y lo es hasta tal punto que el otro día motivó la siguiente respuesta del hijo de Flor, que tiene unos cuatro años.

-¿Qué te gustaría ser cuándo seas grande, Lucas?- preguntó la madre, y el chiquilín, sin vacilar:

-Borracho.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Little Shakespeare

Ayer me contaba Javi que Roberto Gomez Bolaños, antes de ser guionista y actor y quizá productor del Chavo, ya tenía mucho laburo escribiendo obras de teatro y televisión. Me dijo que era un gran dramaturgo. Lo de gran no sé si me lo dijo por el talento o por la cantidad de material.

De ahí el apelativo Chespirito, que viene a ser un diminutivo de Shakespeare.

Me pareció un dato interesante.

A Nuria en cambio no.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Automedicación

-¿Ha movido el vientre?
-No, doctor. Ni siquiera sé cómo se hace.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Televisión II

Y al final la tele se salvó por lo pelos. O más bien porque yo soy un boludo, un tipo incapaz de tomar una determinación tajante. Ahí está, en mi mesita, muerta de risa.

A Nuria la había conocido un par de semanas antes, en la galería de Phillip Raneur. Fue durante la inauguración de una exposición de pintura a la que yo había ido supongo que exclusivamente para ver a Ciriano. No solo su obra, tenía la esperanza de verlo a él.

Alejandro Ciriano es un pintor argentino de nuestra edad que vive en Barcelona desde hace algunos años. Supe de él por un equilibrista, que en los días previos (a lo mejor a raíz de aquella exposición, no me acuerdo), me había hablado de sus cuadros y de su personalidad un poco insólita. A mí me había parecido que sería bueno conocerlo y me mandé a ver sus pinturas. Había cuatro.

Nada que ver con el resto de pintores de la muestra. Eran cuadros muy simples los de Ciriano.

Me gustaron.

Mientras tanto morfaba canapés y escabiaba champán, porque la inauguración venía a todo culo (el que puso la mosca pensaba vender todo, no cabe duda). Y en eso me fijé en Nuria. Creo que ni miró los cuadros. Estaba campaneando todo el tiempo para la puerta, como esperando que llegara alguien. Salía a fumar y volvía a entrar con ese aire de mina enojada que con el tiempo iba a conocerle tan bien.

Me la crucé afuera. Salí a fumar y al ratio ella volvió a asomarse.

-Te noto inquieta- le dije sin mirarla, dándo una última pitada larga al cigarrillo y tirándolo con maestría poco más allá del cordón de la vereda. Entonces me di vuelta para mirarla. Se había quedado petrificada. Fueron unos segundos, probablemente, pero resultaba evidente que mi observación la había descolocado por completo. Y de pronto se rió. Pero se rió de verdad, con toda franqueza; una risa que apenas volví a disfrutar algunas veces desde entonces, cuando está de muy muy buen humor. Estaba más linda que no sé qué.

Yo estaba preocupado porque creí que tendríamos que hablar de pintura, y yo de pintura sé poco. Pero no sería un impedimento para que pudiera chamuyar durante horas si quería levantarme a una mina, pensé.

Pero no. No hizo falta, porque hablamos de cualquier cosa, creo, menos de pintura. Y me di cuenta de que le había caído bien. No digo que me di cuenta de que estaba loca por mí (ni siquiera me di cuenta de que estaba loca, enamorarse de mí podía llegar a parecerme razonable, en aquellos días), sino de que en una de esas había alguna posibilidad.

Y la hubo.

Durante unos días quedamos para tomar algo, entre una cosa y otra, cada uno en sus actividades. Pero nos juntábamos y siempre había algún extraño, como pelotudamente se acostumbra en esos casos. Algún compañero suyo, alguna amiga. Hasta que un día (habrían pasado dos semanas) le dije que salieramos de verdad, a tomar algo y charlar y pasar todo el tiempo que quisiéramos sin tener que interrumpir para hacer nada después, ni siquiera ir para mi casa o la suya. Quedamos a las ocho.

Volví a casa temprano, me pegué una ducha, me volví a afeitar, me serví un whisky a modo de aperitivo y puse a todo volumen una canción de Sabina que me pareció muy apropiada: "Esta noche contigo".

Estaba tan contento de salir con ella esa noche... Después, la salida no estuvo mal: fuimos a comer, paseamos por la noche tranquila, charlamos mucho y nos dimos algunos besos torpes. Después cojimos.

Pero lo más lindo fue la preparación de la noche, esa ilusión enorme, lo bien que me sentía mientras escuchaba a Sabina y tomaba un whisky y pensaba en Nuria.

En todo esto pensaba anoche, mientras hacía el arroz, después de haber grabado mi mensaje en su contestador. Pensé que a lo mejor la mía era una reacción desmedida, pobre. Al fin y al cabo ella pensó (no sé por qué) que a mí podía venirme bien una tele.

Fue un bajón.

Y entonces sonó el timbre. Entró a casa llena de dignidad. No estaba enojada. La noté más bien confundida. No dijo nada. La ayudé a levantar el aparato y se lo pasé, sin darle la opción a que se quedara o a que discutiera, nada, se lo pasé para que se lo llevara de mi casa. Me gustó no verla enojada.

Y me conmovió ver que los ojos se le estaban inundando, de a poco.

Así que le pedí disculpas, vacié otra vez la mesita y le clavé la tele, ahí donde la ves. El potus se lo regalé.

Ella armó un porro. Fumamos los dos (no suelo hacerlo. Ella sí, todo el día). Nos empezamos a reir y a llorar y al final terminamos viendo una serie que se llama "El mentalista" de la cabeza.

Antes de dormirme me dije que un televisor no tiene nada de malo si es capaz de generar afecto entre las personas.

(Lo que no sé es dónde voy a meter los libros).

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Televisión

De dónde sacó Nuria que podía venirme bien un televisor es un enigma. Pero un día apareció con el aparato, convencida de que me solucionaba la vida.

Alquilo un departamento chiquito y soy muy celoso del espacio. Pero no le dije nada. Caché la tele y -agradeciéndole hipócritamente- la puse en un rincón, la pantalla mirando a la pared, no fuera a ser cosa que se le ocurriera prenderla.

Como a la semana pasó por casa y la tele seguía donde yo la había dejado. Es un poco exagerada, ella:

-¿No has encendido la tele en quince días? ¿para qué coño te la he traído?
-Es lo que yo me preguntaba
-Pero, tío, si la tienes en el suelo y del revés ¿cómo se te va a ocurrir encenderla?- preguntó ya con el aparato en brazos y amagando transportarla a una mesita en la que tengo libros y un potus -A ver Gerardo, por favor, que esto pesa. ¡Quítame eso de ahí!

Tuve que sacar mis libros y mi planta para hacerle lugar. Y todo por no querer herirla, tan entusiasmada estaba con la puta tele. Cada día me repito tres o cuatro veces que soy un boludo, pero desde que llegó el televisor me lo digo cada dos minutos. Viene Nuria y lo prende. Aunque no vea nada, ahí está el televisor prendido, molestando permanentemente. Yo me hago el boludo, lo apago y me pongo a hablar con ella, y así aguanta un rato apagado. Pero cuando viene con alguna amiga, lo prenden y se ponen a hablar boludeces, y ya no son solo sus voces las que me aturden, sino también las de los programas de chusmerío que resuenan en la casa, por más que uno intente aislarse. Es que alquilo un departamento chico. Por eso soy tan celoso del espacio.

Ahora me calenté, volví la tele a su rincón y devolví mis libros y mi potus a su lugar. El aparato esperará ahí hasta mañana, que es el día de sacar muebles y electrodomésticos a la calle. Para no portarme como un malagradecido acabo de dejarle un mensaje a Nuria:

"Si querés volver a ver tu televisor pasá por casa antes de mañana a las ocho de la noche. Primer y último aviso".

Con voz terminante, lo grabé.

martes, 10 de noviembre de 2009

Modismos

Otra que tampoco entiendo es "manda co'one".

Es una especie de queja, pero imposible encontrar equivalencias.

La etimología también es un misterio.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Post de denuncia

Cómo cambió el clima. No me acostumbro. Hoy tuve una reunión, a las dos de la tarde, y no pensé que se iba a alargar tanto. Para la hora que era fui preparado. Un polóver. Pero se alargó.

Y no sólo que se alargó. Además la semana pasada nos cambiaron la hora, supongo que con el fin ecológico de que gastemos más energía, porque a las seis de la tarde ya es noche oscura. Y serían las seis menos cuarto cuando salí de la reunión.

Completamente al pedo, porque no saqué nada en claro. Creo que ni ellos tenían nada claro. En fin, ya me avisarán, cuando se entiendan.

El caso es que salgo de la oficina de estos boludos y no solo era prácticamente de noche (entré un mediodía espléndido) sino que además hace un frío de cagarse. Cruel.

En general me la banco, pero estaba muy frío, así que me metí en una especie de supermercado pero donde sólo vendían pilcha. Uno de esos que ahora hay por todos lados, no hablo de un lugar extraño. Como si te dijera Hache y Eme, Ce y A, Primarc, uno de esos.

Me mando directamente a los abrigos. No sabía bien qué buscaba, cualquier cosa barata que me abrigara hasta llegar a casa. De golpe veo flor de campera a nueve mangos. Para que te des una idea, te cuento que es el equivalente a tres paquetes de puchos. De los baratos, de malboro o esas marcas chetas son dos. Entre paréntesis, nunca entendí a los que fuman esas marcas chetas.

Entonces me la llevé puesta la campera. Salí todo abrigadito pensando con gratitud en los estupendos niños chinos que trabajan en sótanos terribles ochocientas horas al día, en condiciones infrahumanas para que en occidente la vida no sea tan difícil.

Qué macanudos.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Recetas irracionales

Tremenda descompostura, me agarré. Para mí que fueron las tapitas de marisco que nos tomamos anoche. Estarían en mal estado. Aunque a Nuria se la ve diez puntos. Andá a saber lo que habrá sido. Lo increíble es la solución que me plantean. Me recomiendan "Orujo de Hierbas", una especie de aguardiente, y para peor verde.

-No creo que sea muy bueno para la panza, eso -digo con cierto recelo -lo verde nunca es bueno en casos de descompostura.

-Bébete un chupito y verás lo bien que te hace- insiste Nuria.

-Además debe tener como cuarenta grados de alcohol- me defiendo- No puede ser muy bueno en mi situación.

-¡Anda, bébetelo! Mi padre siempre lo ha bebido cuando estaba mal del estómago- me dice como si eso fuera un argumento irrefutable. Es increíble.

-¡Pero tu padre murió de cáncer de colon a los cuarenta y seis años, boluda!

Cacé el vasito y se lo dejé en el rincón a Mundo, pero tampoco lo quiso. Nuria se calentó.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Fotografía digital

Nuria me regaló una cámara digital. Salen unas fotos bárbaras. Antes era más complicado.

Hace años tuvimos que hacer unas fotos para un folleto, en Buenos Aires; un laburo que consiguió el gringo Dotti. Me acuerdo que me dio una cámara de las antiguas, esas que se desarman todas, le cambias el porongo que tienen adelante, me parece que se le dice "lente"; medio plateada era, creo. O más bien gris.

-¿Sabés usarla?- me preguntó el gringo.

Yo no había sacado una foto en la vida, pero me pareció que era una boludez. Enfocar, apretar el botón y a la mierda. Me pasé la tarde haciendo fotos, las mandé a revelar y al día siguiente las pasé a buscar. Tenía que encontrarme con el gringo para elegir las que nos gustaran.

En el camino las empecé a campanear y me quería morir. Ni una sola foto linda había sacado. Ahí me di cuenta que el gringo sabía una barbaridad de fotografía.

-Boludo, no sé que me pasa en la mano- le dije, dándole el sobre lleno de fotos pésimas para que lo corroborara él mismo- me salieron todas movidas- le adelanté.

El gringo las junaba una por una, desalentado. Cuando terminó las devolvió al sobre, lo tiró arriba de una mesita ratona y me explicó:

-No te pasa nada en la mano, Gerardo. Tenés que cerrar un poco el orturador.

Al principio creí que me quería decir que era un bocón, que no me hubiera hecho el que sabía. Pero enseguida se puso a mostrarme un par de roscas que tenía su máquina, con numeritos y signos.

Ahora estaba tratando de encontrar esas funciones en mi radiante cámara nueva pero no las encontré. Menos mal. La fotografía se ha simplificado mucho en los últimos años. Ahora apretás un botón y te sale una foto de la gran flauta. Además la ves ahí al toque, inmediatamente.

Si no te gusta la borrás y sacás otra.