En todos los barrios (en todos los que me tocó vivir, por lo menos) siempre hubo algún personaje característico, medio chiflado, que hace cosas que jamás haría el resto de los vecinos, inofensivo pero un poco perturbador.
En donde vivo ahora le dicen "el borracho del barrio". Y si bien suele ir en pedo, su característica más evidente no es la curda sino que habla a los gritos y muchas veces consigo mismo. O con un amigo invisible. Pero también con los demás.
No es un linyera. Debe tener su casa e incluso quien lo cuide, porque siempre anda limpio, con ropa diferente cada día, no huele mal y cada tanto aparece bien afeitado.
A simple vista no está loco. Dice cosas bastante coherentes.
-"Yo tendría que haber nacido feo, mama; no guapo"- se lamenta alguna tarde. O se les planta un poco violentamente a tres que vienen caminando por la rambla y como quien fuera a atacar les grita: "no puedo con uno ¿voy a poder con tres?".
Todas estas extravagancias, sumadas al hecho de que pasa prácticamente todo el día en la calle, hacen -por supuesto- las delicias de los purretes del barrio, quienes no excentos de cierta crueldad a veces se le cagan de risa en la cara.
Pero de todas maneras, el borracho del barrio es el ídolo de los pibes. Y lo es hasta tal punto que el otro día motivó la siguiente respuesta del hijo de Flor, que tiene unos cuatro años.
-¿Qué te gustaría ser cuándo seas grande, Lucas?- preguntó la madre, y el chiquilín, sin vacilar:
-Borracho.
FANTASMAS
Hace 11 años

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