domingo, 18 de octubre de 2009

Malherido

Estoy profundamente herido y lejos de casa. Y cuando digo lejos de casa estoy hablando de más o menos unos quince mil kilómetros, creo. Cuando digo profundamente herido, hablo de una herida de magnitud parecida.

Porque en el mismo objetivo se han juntado mi odio más violento y mi amor más desesperado: la selección argentina es el foco de mi amor, y el nefasto Diego Armando Maradona el de mi odio.

Después del partido con Uruguay, un país hermano, histórico y digno representante del mismo fútbol rioplatense en el mundo, después del aburridísmo clásico del miércoles, después de comerme noventa y pico de minutos sin una puta jugada de riesgo, después de haberme maldecido durante todo el partido por haber salido de casa desesperado a buscar un bar en el que lo transmitieran, para peor en la loma del culo y a las doce de la noche, después del partido con Uruguay, decía, enderecé rápidamente para casa, con un embole de los grandes por el partido de mierda y con una cierta alegría por la penosa victoria. Antes de irme alcancé a ver a los jugadores festejando como si hubiesen salido campeones del mundo. También me pareció ver a Maradona revolcándose por el piso, en un acto que pretendía -me dio la impresión- exteriorizar su felicidad.

Como ya no pasaba el metro a la hora en que acabó el partido me fui caminando, mientras pensaba con optimismo que a lo mejor Maradona recapacitaba y se las tomaba oportunamente. “He cumplido mi objetivo, que era clasificar a la selección para el mundial”- imaginaba yo su ceremonioso discurso- “A partir de este momento dejo mi puesto a disposición de alguien que sepa como se hace este laburo; porque está visto que conmigo estamos perdidos”. Y tras una pausa agregaría: “No me cuesta gran cosa reconocer que si entramos fue de puro pedo.”

Así llegué a casa contento, y mientras preparaba el arroz me puse a buscar candidatos al puesto vacante. Se me ocurrieron varios.

Cuál no sería mi estupor cuando el jueves escucho las declaraciones de ese hijo de mil putas. Lejos de recapacitar, y en apariencia convencido de que había hecho un partido extraordinario, se agrandó por la clasificación y me desayuné de que no sólo no se va, sino que además está gritando a los cuatro vientos todo tipo de groserías. La que más le gusta repetir es que le chupen la pija, o algo así.

Y yo me quedé vencido. Acabado. En ruinas. Porque si estuviera en Argentina, con cuarenta millones de boludos alrededor cantando “vamos vamos argentina vamos vamos a ganar”, me resultaría seguramente muy fácil repudiar a la selección durante el mundial, o durante el tiempo que esté a cargo de ella el infeliz de Maradona. Pero acá, a como quince mil kilómetros de distancia, rodeado de gallegos cuya selección está jugando lindo y ya se creen campeones, hay algo adentro mío que salta, salta, salta y golpea a un ritmo que conozco, un ritmo que suena a “vamos vamos argentina, vamos vamos a ganar”.

La reputa madre que lo parió. No sé para dónde agarrar. Estoy profundamente herido y lejos de casa. Porque en el mismo objetivo se han juntado mi odio más violento y mi amor más desesperado: la selección argentina es el foco de mi amor, y el nefasto Maradona el de mi odio.

De todas maneras, me parece que el odio tira más.

2 comentarios:

  1. Quien te da derecho de llamar nefasto a Maradona, aparato.
    Suerte que estas lejos.

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  2. ¿Qué, había que pedir derechos especiales? Uh, perdón. No lo sabía.

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