martes, 27 de octubre de 2009

Autoestima

Hay algunos vagos que se sienten irresistibles cuando las minas los miran con insistencia. Yo no.

Si alguna mina me campanea, lo primero que hago es corroborar que no tengo la bragueta abierta. Convencido, me doy a pensar en otras posibles causas de estar haciendo el ridículo, como ser que me haya cagado una paloma y no haberme dado cuenta, tener descocido el pantalón en el culo, ese tipo de cosas que podrían justificar las miradas.

Y no se vayan a creer que es porque tengo la autoestima baja. Para nada. Me tengo en buena estima. Sólo que no se me ocurre que una mina se va a quedar junándome por la pinta bárbara que tengo. Más bien -y aunque a mis treinta y cinco- tengo bastante presente esa canción tremenda que cantaba Gardel.

domingo, 18 de octubre de 2009

Malherido

Estoy profundamente herido y lejos de casa. Y cuando digo lejos de casa estoy hablando de más o menos unos quince mil kilómetros, creo. Cuando digo profundamente herido, hablo de una herida de magnitud parecida.

Porque en el mismo objetivo se han juntado mi odio más violento y mi amor más desesperado: la selección argentina es el foco de mi amor, y el nefasto Diego Armando Maradona el de mi odio.

Después del partido con Uruguay, un país hermano, histórico y digno representante del mismo fútbol rioplatense en el mundo, después del aburridísmo clásico del miércoles, después de comerme noventa y pico de minutos sin una puta jugada de riesgo, después de haberme maldecido durante todo el partido por haber salido de casa desesperado a buscar un bar en el que lo transmitieran, para peor en la loma del culo y a las doce de la noche, después del partido con Uruguay, decía, enderecé rápidamente para casa, con un embole de los grandes por el partido de mierda y con una cierta alegría por la penosa victoria. Antes de irme alcancé a ver a los jugadores festejando como si hubiesen salido campeones del mundo. También me pareció ver a Maradona revolcándose por el piso, en un acto que pretendía -me dio la impresión- exteriorizar su felicidad.

Como ya no pasaba el metro a la hora en que acabó el partido me fui caminando, mientras pensaba con optimismo que a lo mejor Maradona recapacitaba y se las tomaba oportunamente. “He cumplido mi objetivo, que era clasificar a la selección para el mundial”- imaginaba yo su ceremonioso discurso- “A partir de este momento dejo mi puesto a disposición de alguien que sepa como se hace este laburo; porque está visto que conmigo estamos perdidos”. Y tras una pausa agregaría: “No me cuesta gran cosa reconocer que si entramos fue de puro pedo.”

Así llegué a casa contento, y mientras preparaba el arroz me puse a buscar candidatos al puesto vacante. Se me ocurrieron varios.

Cuál no sería mi estupor cuando el jueves escucho las declaraciones de ese hijo de mil putas. Lejos de recapacitar, y en apariencia convencido de que había hecho un partido extraordinario, se agrandó por la clasificación y me desayuné de que no sólo no se va, sino que además está gritando a los cuatro vientos todo tipo de groserías. La que más le gusta repetir es que le chupen la pija, o algo así.

Y yo me quedé vencido. Acabado. En ruinas. Porque si estuviera en Argentina, con cuarenta millones de boludos alrededor cantando “vamos vamos argentina vamos vamos a ganar”, me resultaría seguramente muy fácil repudiar a la selección durante el mundial, o durante el tiempo que esté a cargo de ella el infeliz de Maradona. Pero acá, a como quince mil kilómetros de distancia, rodeado de gallegos cuya selección está jugando lindo y ya se creen campeones, hay algo adentro mío que salta, salta, salta y golpea a un ritmo que conozco, un ritmo que suena a “vamos vamos argentina, vamos vamos a ganar”.

La reputa madre que lo parió. No sé para dónde agarrar. Estoy profundamente herido y lejos de casa. Porque en el mismo objetivo se han juntado mi odio más violento y mi amor más desesperado: la selección argentina es el foco de mi amor, y el nefasto Maradona el de mi odio.

De todas maneras, me parece que el odio tira más.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Electroshock

Una semana atrás del electricista. Tenía que hacer una revisión de la instalación y un boletín para presentar en la compañía de luz y poder hacer el cambio de titular del contrato, porque el dueño del piso ya no nos acompaña. Quiero decir que cagó la fruna.

Lo llamo el miércoles, me dice que el jueves pasa a la tarde. Me quedé esperándolo pero no apareció. Me llamó el viernes a la mañana para decirme que pasaba al mediodía. Me quedé esperándolo. Sobre las 19 hs me llama. Que se le había complicado. Quedamos para el sábado, pero no apareció. El domingo lo desconté. El lunes yo no podía estar en casa, así que le dije que pasara el martes. A las 15 hs, me dijo. Pero me llamó como a las nueve de la noche para decirme que venía el miércoles. Le dije que no.

-Dejá, flaco- le dije -mejor no vengas un carajo.

-Mañana a primera hora estoy ahí.

-No, flaco, olvidate. No vengas.

-Mañana sin falta.

-Te estoy diciendo que no vengas porque ya le encargué el trabajo a otro electricista. Me pareció que estabas muy atareado y me dio por la justicia poética. Repartir el trabajo en épocas de escasez ¿qué te parodi? Ahora podés terminar tranquilo con tus trabajitos y el otro electricista también pellizca algo.

-Iré mañana a primera hora.

-¿En qué idioma te lo tengo que decir? ¡No te necesito! ¡¡No vengas!!- le grité y corté.

A la noche le comenté a Nuria lo mal que me había ido con este tipo y aproveché para pedirle el número de otro electricista. Buscó en el teléfono y me dio el del suyo, según ella muy responsable. Como me jodió escuchar esa frase de una mina de veintipocos años.

Se quedó a dormir.

Esta mañana, ¡a eso de las 08:00! empezaron a tocar el timbre con insistencia. Con demasiada insistencia.

-¿Pero quién coño toca los cojones?- se interesó en saber Nuria, desperezándose.

-No te puedo creer- me lamenté mientras despertaba -debe ser el electricista. Es increíble. Debería haberle dicho que no viniera desde el primer día.

Me levanté, prendí la cafetera, fui a mear, llené un balde grande de agua y el timbre seguía sonando infatigablemente.

-Pero Gerardo, coño ¿por qué no lo coges? ¡Contéstale de una puta vez!- aconsejó Nuria desde la cama.

No le hice caso. En cambio salí sigilosamente al balcón con el balde de agua y, agachado para que no me junara, se lo vacié al electricista en la cabeza. No jodió más.

Al rato llamé al número que me había dado Nuria.

-Hola, ¿es el electricista?

-Sí, señor, dígame.

-Bien, lo llamo para que no venga; anote la dirección...

lunes, 12 de octubre de 2009

Cagadas

Estos gallegos están más locos que una cabra. A mi me cuesta entender muchas expresiones de acá, viste, qué se yo, ahora no se me ocurre ninguna, pero cada vez que escucho una nueva, trato de comprenderla, no digo cómo la aplican, cosa que resulta fácil por el contexto, sino más bien la etimología.

A nadie escapa que yo soy un boludo bárbaro, pero si me dicen que alguien está todo el día dando por culo, me doy cuenta de que, por supuesto, no se trata de alguien que se pasa ocho horas al día culiando. Entiendo que quieren decir que es un tipo molesto, un hincha-pelotas.

-Claro- pienso mientras el gallego sigue hablándome del hinchapelotas -porque que te rompan el culo debe ser bastante molesto. Salvo que seas muy puto. Con razón lo de “dar por culo”- y tras el pequeño lapsus de clarividencia vuelvo a la conversación.

Pero a la que no le encuentro la vuelta es al “que te cagas”. La usan para decir que algo está muy bueno.

-Esta paella está que te cagas- dicen si les gustó el arroz con pollo, cuando vienen a comer a casa. “Que te cagas”.

-Esa tía está que te cagas- cuando ven una linda mina.

Y entonces me quedo pensando. A lo mejor a ellos las cosas buenas les dan ganas de cagar. Yo había pensado que más razonable sería decir “está que se te para la chota”, pero después me dí cuenta que solo sería aplicable a las minitas, porque que a alguien se le parara la chota por un arroz con pollo, por muy bueno que el arroz esté, sería una situación un poco rara. A mí, las cosas buenas jamás me han dado ganas de cagar. Por más que haga memoria, no encuentro un vínculo directo entre algo muy bueno y haberme cagado. Salvo los mates de la mañana, pero los gallegos no toman mate, y en cambio se la pasan diciendo que algo bueno está que te cagas. Una vez me cagué jugando al fútbol, pero no fue una buena experiencia. También me ha pasado aquello de que me vengan las ganas estando lejos de un baño, o de cagar en un baño público antes de comprobar que no había papel. Situaciones todas que no recuerdo como muy gratas. Lo de cagarse de miedo nunca me pasó, pero entiendo que ocurre.

Sigo sin entender de dónde viene la expresión. Si alguien lo descubre, por favor, avisen.